| Sumario: | Si se tratara de una novela, sería difícil definir el subgénero: ¿terror, drama, retrato social? Hay mucho de aquellos tres elementos. Pero, por desgracia, la historia que se cuenta aquí no es el fruto de la imaginación creadora. No, es crudamente real, y a ratos asfixiante por la muestra incomparable de cómo se constituye un sistema perverso de dominación y degradación en el seno de una comunidad que, al contrario, debería ser un lugar de encuentro liberador y enaltecedor. No hay que ser católico para captar esa radical diferencia y advertir hasta dónde y con qué malas artes un personaje mediocre, un Rasputín mapochino, como lo denomina Carlos Peña en el prólogo, usó una institución para sus propios fines, tan distintos a los que proclama la Iglesia Católica y su sistema doctrinario y tan reñidos, en fin, con el principio universal del respeto a la dignidad e integridad de las personas.
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