| Notas: | Yo vengo de lenguas indg̕enas, de las que dos habl ̌hasta ya mayorcito, con algo de un precario espaǫl. Sin caer en alardes ni modestias, me puedo presentar y me presento, como un indio que logr ̤por virtud de los libros integrarse mexicano: esto es, una mitad blanco y otra mitad cobrizo. Cinco aǫs despuš de iniciar el aprendizaje formal de la lengua espaǫla, escrib ̕este pequeǫ libro, que ha corrido la suerte de muchas ediciones, Los hombres que dispers ̤la danza: una aproximada conjuncin̤ y armonizacin̤ de las dos almas, las dos sangres y las lenguas de que venimos. De leer libros me vinieron impulsos de escribirlos. Porque siempre la palabra engendr ̤palabras y los libros dieron a luz libros. Yo leo libros desde que me acuerdo. Siempre que pienso en m ̕me veo con un libro en la mano. Y si bien no siempre los entend,̕ algo qued ̤que despuš fue t︢il para entender. Por eso se ha dicho que la ignorancia es el principio de la sabidura̕. Lo he dicho otras veces y lo repito ahora porque es una conviccin̤: yo soy los libros que he led̕o. El libro fue para m ̕lo que el molde al barro: me dio forma. Quien lee un libro, lee dos. Quien un da̕ lleva un libro a su casa, acaba por crear una biblioteca, no importa su nm︢ero, que no lo tiene. Intenta, joven lector, como yo lo intent:̌ seguir el camino de aquellos que, viniendo de lenguas indias, aprendieron otros idiomas, sin detrimento dela lengua que aprendieron en el regazo materno y en la leche de sus nięces. |