| Sumario: | El que la sociología haya tenido tanta importancia en la configuración de la criminología teórica, arranca de un hecho obvio, que incluso la escuela positivista italiana, Lombroso y seguidores, siempre tuvo en claro: el delito es un fenómeno que aprehendemos socialmente, que se define en la sociedad y que se manifiesta en la interacción de los seres humanos. Aunque estemos en el campo de los criminales natos, los degenerados y los perversos constitucionales, por usar categorías del discurso médico y psiquiátrico en criminología que va desde 1870 a 1940, el fenómeno criminal siempre tendrá un componente sociológico ineludible, recordemos que la definición misma de delito es convencional, sólo inteligible en un marco social. De allí que, inevitablemente, a los factores sociales del delito, les estaba reservado el futuro. Lombroso, Enrico Ferri y Raffaele Garofalo, paladines de la criminología positivista, lo sabían. Las sucesivas ediciones de L’uomo delinquente así lo atestiguan; con cada nueva entrega, Lombroso se veía obligado a hacer una nueva concesión a los factores sociales del delito.
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