| Sumario: | Los efectos sociales y económicos de la pandemia COVID-19 se hicieron más evidentes a partir de marzo de 2020. A la pérdida de cerca de 1,5 millones de empleos, se sumaron el debilitamiento de la solvencia de las familias y la respuesta tardía y poco eficiente del gobierno. Ante esta situación, aparecen nuevamente las ollas comunes, instrumentos de resistencia convocados y gestionados desde y para la misma comunidad. Romantizadas históricamente desde el discurso oficial, la respuesta del gobierno ante su presencia y necesidad sólo se limitó a un protocolo que buscaba homogeneizarlas, negando su diversidad y su dinámica de funcionamiento. Sin embargo, las ollas comunes acaban por ser algo mucho más fuerte: la expresión de un estado fallido y una crítica —desde el ejercicio— a las desigualdades del sistema.
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